El mausoleo donde descansa el
Padre, fue antes una pequeña capilla donde él rezaba y pedía consejos a la
Virgen María. Hoy su ataúd se encuentra dentro de un gran altar de mármol negro,
con las palabras de Jesús “Dejen que los pibes vengan a mí –Marcos 10:14”. La
frase tiene el regionalismo de nuestro lunfardo y a nadie le resulta extraño
leerla de ese modo: esas palabras guiaron la obra de este hombre terrenal de
fe. El altar tiene desde estampitas de santos, banderines y bufandas de Estudiantes de la
Plata, hasta dibujos con la cara de Carlos y palabras de agradecimiento hacia
él, hechos por los pibes, sus pibes. Los que fueron a él.
A cincuenta pasos de la ermita se
encuentra la casa de Olga Madrazo. Es
una casa de construcción sencilla, sin ornamentaciones complicadas que para
nada sirven. Con paredes color “te con leche” y macetas de cerámica color
terracota empotradas que bastan para dar la bienvenida y anunciar la calidez del
hogar. Nos recibe María, La Negri como pide que le digamos. Avisa que Olga está
en camino, fue a llevar a algunos pibes con sus familias biológicas. Ofrece
mate y aceptamos inmediatamente mientras esperamos afuera de la casa. Diez
minutos después nos convida a pasar. Y pasamos.
Lo primero que nos recibe es el
comedor y un calendario con la foto del Papa Francisco enorme, mano alzada
saludando, o bendiciendo quizás. Lo importante es que impresiona. A la
izquierda, y pegada a la arcada que conecta con el living hay una pecera con
una tortuga dentro. "Vive dentro del caparazón, no sale nunca
Manuelita" nos dice la Negri que golpea suavemente el vidrio buscando una
respuesta, pero la tortuga sigue en la suya. A la derecha está el pasillo que
conduce a los cuartos de los chicos y el baño, el único lugar que veremos
después de las dos pavas de mate. Del lado de la puerta que da al pasillo hay
un mueble de pino con vidrios, que por suerte no lleva el color original: lo
pintaron de verde musgo, y exhibe la vajilla de la casa.
El espacio amplio se divide por
una barra desayunadora y del otro lado se encuentra la cocina. Una mesada en L
cubre el perímetro y ahí descansan desde un microondas hasta el juego de
cucharas de madera. La anfitriona nos lleva hacia la izquierda, donde nos espera
una mesa larga como para diez personas con el termo y el mate. La Negri toma la
cabecera y el mando del cebado, mientras nosotros nos acomodamos en los bancos
largos laterales que flanquean la mesa. Atrás de la mesa montan guardia un
hogar con chimenea y un canasto de mimbre con leña que espera no volver a ser
usado hasta el siguiente invierno. En la repisa de la chimenea descansan cinco
estampitas de la Virgen María, de diferentes tamaños y colores, que no hacen
más que confirmar la devoción de los que habitan la casa.
Olga le avisa a la Negri por teléfono que se la va a hacer imposible llegar. No hay problema, lo que ella hace -llevar a sus hijos adoptivos con sus familias biológicas- es mas encomiable que una entrevista. Será en otra ocasión.
Olga le avisa a la Negri por teléfono que se la va a hacer imposible llegar. No hay problema, lo que ella hace -llevar a sus hijos adoptivos con sus familias biológicas- es mas encomiable que una entrevista. Será en otra ocasión.
Para que no queden dudas sobre la
fe cristiana que se respira, una chica entra y le avisa a la Negri “Llegó el
Padre, vamos a misa”. Y nosotros vamos también. La capilla no tiene la forma
típica de las que suelen verse: acá no hay mármol de carrara, ni lajas o
vitrales opulentos; y está bien que así lo sea, no tendría mucho sentido una
construcción así. Cuando pasamos
caminando hacia la casa de Olga, no nos pareció que fuera una capilla:
las paredes levantadas con troncos horizontales y el techo de paja, le daban la
apariencia de un quincho. La confusión surge también, porque la cruz que corona
la entrada está tapada por ramas de un roble que ha crecido suficiente como
para esconderla de la vista desde el camino.
Entramos a la capilla, y vemos al
lado del altar una foto del Padre Carlos, sentado en el primer banco de la
fila, sonriéndole a la cámara y con un niño de fondo sentado en el piso. La
imagen está colocada a la derecha de donde el Padre Carlos Gómez oficia la
misa. A la izquierda, la chica que avisó a la Negri del oficio religioso, hace
de monaguillo. Se para al lado del cura y mira de vez en cuando a la pared
donde la figura de una Virgen descansa dentro de una vitrina de cristal. Con
excepción de las baldosas del piso, el resto son trabajos hechos en madera: los
bancos, la mesa del altar, el cristo y cruz tallada. Hay cuadros en las paredes
laterales, que le dan calidez a la capilla. Sobre los bancos nos esperan unas
fotocopias con las letras de las canciones que se cantarán: Credo, Gloria,
Agnus Dei. Sin embargo, las letras no son las originales provenientes del
latín, sino que expresan la idea de lo que significa ese canto litúrgico, en un
idioma entendible para todos nosotros.
La misa termina cuando todos
después de saludarnos recitamos el Padrenuestro. Saludamos, y nos retiramos en
silencio de la capilla. Se vienen a la mente las palabras que dicen “venga a
nosotros tu reino”. Este es el reino que el Padre de ellos supo construir,
pensando la iglesia desde abajo, desde el pobre. Estaría bien que el gobierno recuerde sus
obligaciones económicas para con la Obra del Padre Cajade, para que siga
teniendo sentido lo de “hágase tu voluntad”. Mientras tanto, la voluntad de los
educadores como Olga Madrazo y sus hijos -los biológicos y los que la
eligieron- y el resto de los que viven acá es la que mantiene vivo el espíritu
de Carlos Cajade, un hombre que vivió por y para los chicos.
Manuel Hutchins
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