domingo, 19 de octubre de 2014

“VENGA A NOSOTROS TU REINO"


Entrando por la calle 643, a seis cuadras de calle 7, el cartel tallado en madera, a la izquierda del camino da la bienvenida: “Hogar de la Madre Tres Veces Admirable - Obra del Padre Cajade”. Para entrar sin embargo, hay que doblar a la derecha y cruzar la tranquera. El camino pasa por el S.U.M. (Salón de Usos Múltiples), los juegos de plaza, y desemboca en la ermita donde descansa el Padre Carlos Cajade.  Nos detenemos allí a contemplar el lugar: es gigante, y se nota que ha sido testigo de tiempos mejores, cuando el gobierno provincial se ocupaba de enviar los subsidios y las becas correspondientes para el mantenimiento de una obra de estas  magnitudes. Alrededor de la ermita se alzan las casas de las familias que fueron creadas Carlitos aún vivía.

El mausoleo donde descansa el Padre, fue antes una pequeña capilla donde él rezaba y pedía consejos a la Virgen María. Hoy su ataúd se encuentra dentro de un gran altar de mármol negro, con las palabras de Jesús “Dejen que los pibes vengan a mí –Marcos 10:14”. La frase tiene el regionalismo de nuestro lunfardo y a nadie le resulta extraño leerla de ese modo: esas palabras guiaron la obra de este hombre terrenal de fe. El altar tiene desde estampitas de santos, banderines y bufandas de Estudiantes de la Plata, hasta dibujos con la cara de Carlos y palabras de agradecimiento hacia él, hechos por los pibes, sus pibes. Los que fueron a él.

A cincuenta pasos de la ermita se encuentra la casa de Olga Madrazo.  Es una casa de construcción sencilla, sin ornamentaciones complicadas que para nada sirven. Con paredes color “te con leche” y macetas de cerámica color terracota empotradas que bastan para dar la bienvenida y anunciar la calidez del hogar. Nos recibe María, La Negri como pide que le digamos. Avisa que Olga está en camino, fue a llevar a algunos pibes con sus familias biológicas. Ofrece mate y aceptamos inmediatamente mientras esperamos afuera de la casa. Diez minutos después nos convida a pasar. Y pasamos.

Lo primero que nos recibe es el comedor y un calendario con la foto del Papa Francisco enorme, mano alzada saludando, o bendiciendo quizás. Lo importante es que impresiona. A la izquierda, y pegada a la arcada que conecta con el living hay una pecera con una tortuga dentro. "Vive dentro del caparazón, no sale nunca Manuelita" nos dice la Negri que golpea suavemente el vidrio buscando una respuesta, pero la tortuga sigue en la suya. A la derecha está el pasillo que conduce a los cuartos de los chicos y el baño, el único lugar que veremos después de las dos pavas de mate. Del lado de la puerta que da al pasillo hay un mueble de pino con vidrios, que por suerte no lleva el color original: lo pintaron de verde musgo, y exhibe la vajilla de la casa.

El espacio amplio se divide por una barra desayunadora y del otro lado se encuentra la cocina. Una mesada en L cubre el perímetro y ahí descansan desde un microondas hasta el juego de cucharas de madera. La anfitriona nos lleva hacia la izquierda, donde nos espera una mesa larga como para diez personas con el termo y el mate. La Negri toma la cabecera y el mando del cebado, mientras nosotros nos acomodamos en los bancos largos laterales que flanquean la mesa. Atrás de la mesa montan guardia un hogar con chimenea y un canasto de mimbre con leña que espera no volver a ser usado hasta el siguiente invierno. En la repisa de la chimenea descansan cinco estampitas de la Virgen María, de diferentes tamaños y colores, que no hacen más que confirmar la devoción de los que habitan la casa.

Olga le avisa a la Negri por teléfono que se la va a hacer imposible llegar. No hay problema, lo que ella hace -llevar a sus hijos adoptivos con sus familias biológicas- es mas encomiable que una entrevista. Será en otra ocasión.
Para que no queden dudas sobre la fe cristiana que se respira, una chica entra y le avisa a la Negri “Llegó el Padre, vamos a misa”. Y nosotros vamos también. La capilla no tiene la forma típica de las que suelen verse: acá no hay mármol de carrara, ni lajas o vitrales opulentos; y está bien que así lo sea, no tendría mucho sentido una construcción así. Cuando pasamos  caminando hacia la casa de Olga, no nos pareció que fuera una capilla: las paredes levantadas con troncos horizontales y el techo de paja, le daban la apariencia de un quincho. La confusión surge también, porque la cruz que corona la entrada está tapada por ramas de un roble que ha crecido suficiente como para esconderla de la vista desde el camino.

Entramos a la capilla, y vemos al lado del altar una foto del Padre Carlos, sentado en el primer banco de la fila, sonriéndole a la cámara y con un niño de fondo sentado en el piso. La imagen está colocada a la derecha de donde el Padre Carlos Gómez oficia la misa. A la izquierda, la chica que avisó a la Negri del oficio religioso, hace de monaguillo. Se para al lado del cura y mira de vez en cuando a la pared donde la figura de una Virgen descansa dentro de una vitrina de cristal. Con excepción de las baldosas del piso, el resto son trabajos hechos en madera: los bancos, la mesa del altar, el cristo y cruz tallada. Hay cuadros en las paredes laterales, que le dan calidez a la capilla. Sobre los bancos nos esperan unas fotocopias con las letras de las canciones que se cantarán: Credo, Gloria, Agnus Dei. Sin embargo, las letras no son las originales provenientes del latín, sino que expresan la idea de lo que significa ese canto litúrgico, en un idioma entendible para todos nosotros.

La misa termina cuando todos después de saludarnos recitamos el Padrenuestro. Saludamos, y nos retiramos en silencio de la capilla. Se vienen a la mente las palabras que dicen “venga a nosotros tu reino”. Este es el reino que el Padre de ellos supo construir, pensando la iglesia desde abajo, desde el pobre. Estaría bien que el gobierno recuerde sus obligaciones económicas para con la Obra del Padre Cajade, para que siga teniendo sentido lo de “hágase tu voluntad”. Mientras tanto, la voluntad de los educadores como Olga Madrazo y sus hijos -los biológicos y los que la eligieron- y el resto de los que viven acá es la que mantiene vivo el espíritu de Carlos Cajade, un hombre que vivió por y para los chicos.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                            Manuel Hutchins



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